Blog del Narco

Así operaba “El Sádico” conquistaba y ejecutaba homosexuales.

- 15:57:00
En enero del 2006, la Agencia Federal de Investigación (AFI) presentó a los medios informativos a Raúl Osiel Marroquín Reyes, El Sádico.

Él ha confesado una serie de secuestros y asesinatos, que suman cinco pero en las notas se han contabilizado como cuatro.

Su historial homicida es, por decir algo, terrible. Marroquín Reyes asistía a sitios gay de la Zona Rosa, entablaba el diálogo tradicional con un joven ansioso de un ligue y lo invitaba a ir a un hotel (el Amazonas).

Allí le preguntaba sobre sus recursos económicos, y si no tenía dinero lo insultaba y lo dejaba ir (Todo en versión de Marroquín).

Osiel Marroquín, ex sargento primero del Ejército mexicano, desarrolló un sui géneris placer por la tortura, en diferentes entrevistas asegura no tener remordimiento alguno.

“El Sádico” se caracterizó por martirizar a sus víctimas, con un patrón de conducta específico en el que incluso como “trofeo” se quedaba con las credenciales de elector.

Cabe señalar que Osiel a una de sus víctimas le arrancó la piel de la frente con una navaja para realizar la figura de una estrella con el propósito de confundir a la policía.

Asesinato

Esa noche Raúl se esmeró en su apariencia personal, estaba conciente de que podría ser su mejor arma para conseguir algo de dinero rápido, transitó por las calles de la Zona Rosa en busca de un discreto bar donde pudiera beber un par de tragos; tomó su posición, era cuestión de minutos, escogió un buen sitio en la barra donde pudiera ser visto por los demás, donde se hiciera visible, como si un cazador exhibiera la carnada a su presa.

El plan resultó a la perfección, un joven homosexual se acercó e invito el siguiente trago a Raúl, éste aceptó sin despegar la mirada de su nuevo pretendiente, como si el primer paso para poseerlo fuera capturar su imagen con los ojos, imagen que desafortunadamente pasaría al archivo de los diarios de noat roja como víctima de El Sádico.

Si tenía dinero, tarjetas de crédito para empezar, lo invitaba a su departamento, en donde estaría un amigo (Juan Enrique Madrid Manuel, hoy prófugo).

Ya en el departamento, Marroquín y Madrid sometían a la víctima, la ultrajaban durante un tiempo que iba de cinco a siete días, y en ese periodo negociaban con los familiares
Mientras, “hartos de los lloriqueos y quejidos” de los plagiados, los torturaban y, ya entregado el dinero del rescate, los ahorcaban con una soga.

Utilizaban siempre corchos de plástico con los que sujetaban las manos de la víctima y le ponían un listón rojo en el cuello.

Sólo en un caso, señaló Marroquín, arrancó la piel de la frente de un secuestrado con una navaja para dibujarle una estrella, con el propósito de distraer las investigaciones y llevar a la policía a la búsqueda de una secta. Luego destazaban el cuerpo y lo introducían en una maleta negra, que abandonaban en la calle.

La primera víctima reconocida fue un empleado de una televisora, por el que exigían 120 mil pesos. El cuerpo apareció en la cercanía del Metro Chabacano.

Los otros cuatro muertos: dos jóvenes de 23 años plagiados el 17 y el 18 de diciembre de 2005 (los cuerpos se hallaron en maletas en la colonia Asturias); y en octubre de 2005 a un estudiante de 20 años de edad y un empleado de 28.

Para congraciarse a la vez con el machismo y con la moda, Marroquín negó ser homosexual y afirmó no ser homofóbico, y dio su explicación de porqué elegía gays en los secuestros:

“Simplemente los preferí por no batallar en operaciones que implicaran armas y vehículos, pues sólo fui a los lugares que frecuentaban y ellos solos me abordaban, se me hacía más fácil tratar a esas víctimas”.
Anhelaba una carrera criminal mayor, pues apenas iba empezando en ésta y evolucionaría, ascendería, tendría mejores víctimas con más dinero.

A los medios, Marroquín les aseguró no tener remordimientos, sólo la preocupación de haber afectado a su familia y a la gente que conocía.

“Nunca he pensado en las víctimas y sus familias. No había odio contra ellos por ser homosexuales, no había traumas. No me arrepiento, sólo que refinaría mis métodos para no cometer los mismos errores y no ser detenido”.

Insistió: “Me presentaba como Carlos. No los escogía, ellos solos se presentaban, después los invitaba a mi departamento, iban por voluntad propia… De los secuestros obtuve 150 mil pesos, con los que compré ropa, aparatos, otras cosas”.

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